Botoxlandia

Se trata de un país perdido en alguna extraña galaxia, frío y desgraciado, sin amigos ni comida, en el que viven las estrellas de Hollywood que se han dejado la piel durante veinte años en rodajes, sesiones de fotos y estrenos. Está visto que esa piel ya no da para más; no hay demanda en el mercado.

Mi amiga Rosalía Gómez de Caro, una mujer muy guapa y sin desfigurar, que se ocupa de hacer felices a los demás con su sabiduría, su dulzura, y cómo no, con su arte de cocinar y recibir, conciliar y buscar ayuda para los más desprotegidos y contárnoslo todo después en formidables libros, me envía un aterrador artículo aparecido en un medio americano sobre la influencia del botox en el cine.

El autor apela a Hitchcock, quien decía que el mejor efecto especial es un primer plano de un rostro humano, para recordarnos que esos primeros planos de eminentes actores y actrices han ido desapareciendo de la pantalla. En su lugar, verdaderas caretas de feria, sin expresión ni emociones, intentan vanamente contarnos una historia real, pero ni modo, no hay quien se los crea. Ya no son ellos mismos, sino un patrón cortado a la medida del gusto general, un gusto muy dudoso, por cierto. Faye Dunaway parece un lucio apelmazado, Meg Ryan ha perdido toda su frescura y ahora es una especie de bebé asesino, hinchado y pálido. ¿Feliz? A Kirk Douglas padre no querría yo encontrármelo en mi portal a medianoche.

Hace tiempo que no veo a Geraldine Chaplin. Una vez me contó que ahora tenía más papeles que nunca porque es la única de su generación que aparenta su edad; se ha convertido en la mejor abuela loca del cine. ¡Bravo por esta digna hija del mayor cómico del mundo! El humor no tiene edad, y es la única manera festiva de afrontar la dura realidad.

Por: María Vela Zanetti

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